.
Durante más de cuatro años, religiosamente, un día de cada semana, generalmente los martes, Andrés Manuel López Obrador se miraba en el espejo de sus encuestas. Cuatro, cinco, hasta siete hojas engrapadas con los resultados de los cuestionarios que él mismo aprobaba.
Como su par de la Presidencia de la República, el jefe de Gobierno del DF recurría constantemente a las encuestas, aunque a un ritmo menor, para “sondear” lo que le interesaba y lo que le podía ayudar a su gestión:
Preguntaba recurrentemente por el grado de aprobación de su gobierno, por cómo se percibía su confrontación con Vicente Fox, por la manera en que su imagen era afectada por las crisis políticas, por ejemplo el desafuero o el Nicogate.
Es muy probable que los resultados le provocaran satisfacción. Su aceptación era, en ese entonces, casi indestructible. Cada semana era más popular y los capitalinos se convencían de que todos los ataques en contra del jefe de Gobierno del DF obedecían al propósito de sacarlo de la competencia por la Presidencia.
Era 9 de abril de 2005 y sobre López Obrador se posaban las miradas. Era el candidato más fuerte a la Presidencia y dos días antes había sido desaforado.
Los encuestadores del gobierno del DF, que todos y cada uno de los fines de semana recorrían las calles de la capital del país para levantar la opinión de los chilangos, salieron a preguntar el respaldo hacia el tabasqueño.
Nota Completa en revista Eme Equis
¿Habrá algún político honesto?
Christopher Nolan y el fin de la civilización
-
*Este ensayo fue publicado con anticipación para mis mecenas en Patreon*
*Para Nelly, que me animó a por fin escribir esto*
Se dice que Grecia es *la...
6 days ago

